En la copa del árbol más alto situado en uno de los bosques que antaño cubrían la mayor parte del Valle de Gordexola, habitaba un ser al que los lugareños llamaban Basagoikoa, “el que está por encima del bosque”. Porque esa era su función, por encima de los árboles, vigilaba y protegía a todo aquél que atravesase el bosque solo. Hoy en día, el Hombre y sus Máquinas han hecho desaparecer grandes bosques, tan sólo quedan en pie tímidos bosques adolescentes, reforestaciones que carecen del encanto de aquellos bosques milenarios, con su nutrido sotobosque, cubierto de hojas y donde las ramas de los árboles se cruzan unas con otras, obligando a los rayos de sol a dar mil piruetas en su obsesión por llegar al suelo.

Sin embargo, no todo está perdido, aún quedan en el Valle lugares recónditos, olvidados de la mano del Hombre, y aunque nadie afirma haberlo visto desde hace muchos años, estoy seguro de que Basagoikoa sigue vigilando, allí arriba, a los caminantes perdidos, porque esto que os voy a contar, ocurrió hace ya muchos años, y ahora por fin he podido recordarlo.

Era una nochebuena cualquiera, años ha, acabada la guerra, y en el baserri de los Andetxaga ya habían perdido la esperanza de que el aita regresara de ella. No obstante, la madre y sus cinco hijos, aún menores durante la contienda, supieron hacer frente a la desdicha y gracias al carbón y al pastoreo pudieron salir adelante, al menos los primeros años. Esa noche se habían juntado con la familia que aún quedaba, para pasar esas fechas todos juntos y mitigar así la tristeza pasada. Sin embargo, en algún momento la conversación tocó el tema del desaparecido aita, y Garai, el txikito de los hermanos, al que todos creían ya acostado, escuchaba desde la escalera. Y cuando todos se hallaban acurrucados en torno a la chimenea, Garai, que era un zagal bastante inquieto, salió a la noche a buscar a su padre, al que nunca conoció. Cuando la madre fue a acostarse, fue a comprobar si su pequeño se había destapado, y comprobó horrorizada que no estaba en su cama. Enseguida alertó al resto de la familia, que seguían junto al hogar, y en pocos minutos se montó tal guirigay que todos corrían por doquier, buscando al niño. Hasta que uno de sus hermanos vio que la puerta principal estaba entreabierta, y la verja que salía al camino también lo estaba, y todos cayeron en la cuenta de que el niño había salido de casa, y ante la cercanía de una gran nevada, todos temieron lo peor.

Rápidamente los hombres tomaron linternas y antorchas y se dividieron en grupos, mientras unos iban hacia las orillas del Ibalzibar, otros tomaron el camino que llevaba al bosque, dieron voces y alertaron a los vecinos, que enseguida se sumaron a la búsqueda. Poco a poco se fue congregando una pequeña multitud de gente venida de diferentes barrios, alertadas por el tumulto, y recorrieron de arriba abajo el robledal, del cual hoy solo quedan vestigios, sin encontrar ningún rastro del chico. Trajeron perros, pero éstos se limitaban a olisquear recelosos el aire frío y húmedo desde los lindes del bosque sin atreverse a internarse en la espesura. La batida continuó toda la noche, y cuando las primeras luces del alba empezaron a clarear en el bosque y los primeros copos de nieve empezaban a caer en forma de remolinos, muchas de las caras reflejaban una total pérdida de esperanza.

Pero fue un pastor de Sandamendi quien, al amanecer, encontró al niño arropado y durmiendo plácidamente junto a un gran roble en el corazón del bosque. Lo cubrió con sus pieles y lo llevó en brazos hasta Andetxagaena, donde esperaba su amatxo angustiada. El pastor lo depositó en sus brazos sin dejar de repetir:

«Basagoikoak zaindu zuen…».

Así fue. Basagoikoa lo encontró y lo resguardó de la ventisca bajo un gran roble milenario, lo arropó con una manta tejida de musgo y hiedra, porque la noche siempre es fría y húmeda. Lo protegió toda la noche, porque esa es su función, desde que el mundo es mundo, siempre vigilante, desde lo alto de los árboles, guardando los caminos que atraviesan el bosque, porque no sólo hay que temer al frío, hay cosas peores que el frío, acechando en la oscuridad, ésto él lo sabe muy bien.

Y yo también lo sé ahora, cuando ya ha pasado tanto tiempo. Ahora que el tiempo se acaba para mí, los recuerdos de aquella noche me son muy nítidos. Fui en busca de mi padre, arrebatado de su casa por los horrores de la guerra y encontré otro tipo de horrores en la negrura del bosque, el de la noche acechaba y yo no lo sabía. Sus heladas manos como garras a punto estuvieron de arrancarme de este mundo y de mi familia, pero entonces apareció él, me tomó de la mano y me subió a la seguridad de las alturas, entre las copas de los árboles, donde la luz de la Luna se reflejaba en la negrura de sus ojos. Y pude ver en ellos que cuidaría de nosotros para siempre, pero también pude notar su tristeza por un mundo que termina, las ferrerías, el carbón, agotaban los bosques, y llegaría un día sin árboles, y entonces él no podría protegernos más.

Comprendí su mensaje y así lo transmití a mi familia. Abandonaron el trabajo de la carbonera, y dediqué mi vida y estudios a ser Guarda Forestal. Desde entonces, recorrí los bosques durante años, cuidando de ellos, con cierta esperanza en la mente, y ahora que ya no tengo fuerzas, por fin he comprendido, lo que durante toda mi vida he añorado: encontrarme de nuevo con él, y mirar de nuevo sus ojos, y sentir la paz que transmitían. Creo que si me quedo aquí, apoyado en este gran roble, quizá lo vuelva a ver… antes de que la noche caiga sobre mi.

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