Jurassic Popopark

Relato ambientado en el mundo del juego Popomundo, para celebrar la fiesta de Halloween…
Me desperté bruscamente. El autobús de gira se había detenido completamente y el rutinario traqueteo que había propiciado mi sueño me sacó de mi ensueño. Abrí un ojo y ví a mi compañera de grupo, acercándose para darme un beso de buenos días.
— Buenos días amor… ya hemos llegado, o mejor dicho.. buenas noches.
— Hola mi vida, llegado… ¿a dónde?
— ¿Ya no te acuerdas?
Y rápidamente, de un salto bajó del autobús y sacó su equipaje y el mío, mientras yo me terminaba de desperezar. Sólo recordaba haber estado en Buenos Aires, pero no recordaba el destino, tan sólo que había sido un viaje eterno, tenía tortícolis, y un terror instintivo al hecho de abrir las ventanillas durante el trayecto, no sé por qué…
Bajé del bus, que estaba completamente vacío ya, a pesar de que recordaba haber visto autoestopistas en él durante el viaje, y eché un vistazo alrededor, buscando algún indicio de dónde me encontraba, ya que Isleta había desaparecido súbitamente. Estaba amaneciendo, esa hora en la cual las sombras todo lo distorsionan, así que tomé mi guitarra, que era lo único que quedaba por coger y me dirigí a una pequeña cabaña de madera que había enfrente, presumiblemente la terminal de autobuses. Un nombre muy apropiado para un autobús como el nuestro, viejo y abollado. Estaba a punto de entrar cuando un ruido a mi izquierda me distrajo. Parecía provenir del lateral del edificio. Fui a ver qué era, intrigado, y armado con mi guitarra a modo de metralleta. Fuera lo que fuera, dudo que pudiese aguantar uno de mis riffs. Cuando doblé la esquina, vi un bulto en la oscuridad, agazapado entre la maleza. Parecía un animal, así que me acerqué despacio, confiado en que fuera un perro grande o una vaca pequeña. Si vivía cerca de aquí, no podía ser peligroso. Cuando de repente pisé una rama, el animal se irguió y comprendí que me había equivocado, aquél… ser… era un monstruo abominable, medía mas de 2 metros de altura, peludo, tenía una cola descomunal, como un dinosaurio, y unas enormes patas con enormes garras, al igual que sus patas delanteras que rasgaban el aire, tal vez buscando mi tripa, pero lo peor de todo es que tenía dos cabezas, que me miraban con una mezcla de estupor, hambre y curiosidad, de esa clase de curiosidad que le hace a un monstruo preguntarse de qué estás hecho por dentro…
Salí como alma que lleva el diablo corriendo hacia el descampado, cuando noté que algo me perseguía, eran una especie de diminutos lagartos que corrían a dos patas, y estaban a punto de alcanzarme!! Torcí hacia la derecha, donde se vislumbraba un pequeño bosque donde pensé que podría subirme a uno de los árboles y poder así escapar de la manada de pequeños dinosaurios devora-tobillos. Al entrar al bosque noté que ya no me seguían y me paré a descansar apoyado en un árbol. Sofocado a más no poder, después del concierto de ayer, ya no me quedaban fuerzas, resoplé contra el tronco cuando noté que alguien me estaba mirando. Alcé la cabeza y vi que una cosa se acercaba por el tronco del árbol bajando de cabeza, una cabeza que parecía un peluche diabólico con orejas, ojos y nariz enormes, con sus manos llenas de enormes uñas también, a punto de alcanzar mi cerebelo para vete a saber qué hacer con él!
Conseguí escapar a tiempo y reanudé mi carrera, pero no pude dar más allá de 10 pasos cuando tropecé con una raíz de un árbol, (¿o me puso la zancadilla?) y di con mis huesos en el suelo, o más bien en el agua, pues estaba al borde de un arroyo de negras aguas que daban muy mala espina… y razón no me iba a faltar, de repente surgió de esas aguas el monstruo más feo y más asqueroso que podían contemplar mis ojos, una especie de engendro hecho con piezas de animales se dirigía hacia mí con su enorme boca de pato llena de dientes, sus patas llenas de uñas lo arrastraban hacia mí, como un reptil viscoso, y su cola de castor palmeaba el agua seguramente llamando a más monstruos como él dispuestos a hacer un festín conmigo…
No sé de dónde saqué fuerzas, pero me levanté rápidamente y huí de nuevo, por suerte todos estos monstruos no parecían ser muy rápidos, salí del bosque encantado, encantado de salir de allí, por supuesto, y corrí con el corazón en un puño hacia la terminal de autobuses. Intenté abrir la puerta pero estaba cerrada. En ese momento escuché un ruido a mi izquierda y sin girar la cabeza, por el rabillo del ojo distinguí al monstruo bicéfalo acercándose dando pequeños saltos. Golpeé la puerta con todas mis fuerzas hasta que se abrió la puerta y una cara demoniaca llena de dientes apareció en el umbral, sonriendo maléficamente y gritando:
— BUUUUUUH!!!! Feliz Halloween!!!!!
Y entonces fue cuando me desmayé. 
Me desperté bruscamente. Alguien me estaba lamiendo la cara y pensé que todo había sido un sueño, que me volvería a despertar en el bus de gira con Isleta intentando despertarme a besos…. Abrí un ojo, ya había salido el sol y lo vi… ¡¡¡era el monstruo de dos cabezas!!!! Me incorporé de un salto y vi a Isleta partiéndose de risa y acariciando al monstruo peludo a su lado. El animal se incorporó también y vi que de su estómago salía una cabecita pequeña que me miraba cómo si yo fuese un bicho raro… Isleta acarició al pequeño cangurito y me dijo, sonriendo:
— Bienvenido a Australia, cariño…

Cuento de Halloween

Para celebrar Halloween, os presento un cuento de terror que escribí cuando formaba parte de Popomundo:

Érase una vez un cuento oscuro, tan oscuro que al encender las luces para tratar de leerlo, miles de murciélagos salían volando asustados de entre sus páginas…

Pero esa es otra historia, la que os voy a contar sólo trata sobre un dulce conejito. Un conejito que apareció de la nada, bueno, mejor dicho apareció del fondo de la chistera  de un mago que se dio a la fuga. El conejito se encontraba sólo y desamparado en un local… no de terror, sino de mala muerte. Fue mi pequeño hijo Troy quien lo encontró, mordisqueando un trocito de hierba entre sus dulces dientes. Lo recogió y lo llevó a casa. Cuando apareció por la puerta con el conejo en brazos me dio tanta lástima que acepté que se lo quedara. Le pusimos el nombre de Pk_Lugia. Era un conejo tan lindo que nos lo hubiéramos comido para cenar aquella noche…

Ahora lamento no haberlo hecho.

Todo comenzó a torcerse cuando faltaba un día para la ansiada fiesta de Halloween. Resulta que aún no le había comprado una máscara a mi hijo, así que decidí escaparme justo antes de un concierto con el fin de encontrar una, pero dada la proximidad del día, el artículo estaba agotado en todas las tiendas. Estaba desesperado y el concierto a punto de comenzar, cuando topé de morros con una tienda de segunda mano, medio escondida en un apartado callejón. No recuerdo cómo pude llegar allí, pero el caso es que entré dentro y quedé impresionado de la cantidad de cachivaches que allí se amontonaban. En aquél momento me hubiera gustado echarle un ojo más a fondo a todas aquellas antigüedades y coleccionables, pero el tiempo apremiaba.

Mientras trataba de sortear los innumerables artículos para llegar al mostrador, me salió al paso un viejecito de aspecto misterioso, como si se tratara de una más de esas antigüedades que por allí yacían. Cuando le dije que buscaba una máscara de Halloween, se quedó inmóvil y me miró fijamente, como si yo me encontrase a miles de kilómetros de él. Tuve que despertarle del trance, pues tenía mucha prisa, y entonces se dio la vuelta y desapareció por entre unas cortinas. Mi paciencia se estaba colmando y estaba a punto de rebosar cuando el viejecito volvió a hacer aparición con una caja en la mano. La abrió y me enseñó lo que contenía: era una hermosa máscara ricamente tallada en madera oscura y bellamente decorada con coloridos motivos. Realmente no era lo que buscaba, quería algo más simple, pero miré mi reloj y faltaban tan sólo unos minutos para mi concierto. Entonces me dije «qué demonios, no voy a encontrar ninguna a estas horas».

No lo sabía pero aquellas palabras iban a traer terribles consecuencias…

Pagué diligentemente al viejo una cantidad que me pareció muy pobre, en comparación con el trabajo que se podía ver reflejado en la máscara y salí volando del lugar. Llegué extenuado al local donde tocábamos, con algunos minutos de retraso, y la gente ya estaba algo exaltada por la espera. ¡Había que hacer un buen espectáculo esa noche o no saldríamos muy bien parados de allí! Así que hablé con Isleta, mi compañera de grupo, y le dije de cambiar un poco el guión: íbamos a invocar un demonio aquella noche, ya que mañana era Halloween, ¡a la gente aquello le iba a encantar! Además muchos de ellos ya iban disfrazados. Isleta trato de convencerme de no hacerlo, ¡aún no controlaba la habilidad del todo! Pero la suerte estaba echada. Había algo en la estancia que no me haría cambiar de opinión, es más, creo que algo me metió la idea de la invocación en la cabeza aquella noche… Y dicho y hecho, empezamos a tocar y el ambiente se fue caldeando hasta alcanzar una cota de frenesí como nunca antes habíamos conseguido. En medio de nuestra mejor canción, empecé a recitar uno de los conjuros que aparecían en el libro Ritual de Invocación, y, para dar mayor énfasis a la actuación, cogí la máscara que había comprado y la elevé entre mis brazos, haciendo que la multitud enloqueciera. Observé al público, bailando enfervorecido, vestidos con máscaras demoníacas, algunos medio desnudos, con las caras pintadas, y al fondo, una figura envuelta en una capa negra, lo observaba todo sin inmutarse, completamente inmóvil. En aquél momento no le presté demasiada importancia, supuse que no le gustaba demasiado el heavy metal.

Terminé el concierto en Ruskin Arms. ¡Fue la leche!

Al llegar a casa, agotados, Isleta y yo nos derrumbamos sobre la cama, no tuve fuerzas ni para llevar la máscara al cuarto de Troy, y quedó colgando de mi mano. Cuando desperté a la mañana siguiente, tenía un dolor de cabeza terrible. Empecé a recordar la noche anterior y noté que me faltaba algo. La máscara. No me preocupé demasiado, pensé que seguramente Troy se había despertado, había venido a nuestro cuarto, y al verla la había cogido, al fin y al cabo, la había comprado para él…
Me levanté y cubrí a Isleta con una manta para que siguiera durmiendo un poco más. Me lavé la cara y fui al cuarto de Troy. No estaba allí. Miré por el resto de habitaciones y tampoco estaba allí. Empecé a preocuparme. Entonces me acordé del día que era. Sonreí. Lo llamé, suavemente al principio, porque suponía que se estaba escondiendo para darme un susto con la máscara. Abrí cada armario que encontré con la esperanza de recibir el consabido susto, pero nada de eso ocurrió.

Llamé al servicio de habitaciones del hotel pero nadie contestaba. Bajé al vestíbulo y lo encontré desierto. Quemé el timbre de recepción de tanto usarlo. Aquello ya empezaba a ser desquiciante. No sabía que hacer, cuando de pronto oí gritar a Isleta. El corazón me dio un vuelco y noté como los grifos de la adrenalina se habían abierto en mis venas. Subí corriendo las escaleras de cinco en cinco hasta nuestra habitación en el tercer piso y lo que vi casi me hizo caer de rodillas.

Allí, en medio del pasillo, había un enorme y peludo ser de color blanco, de unos tres metros de altura, con enormes garras, afilados dientes y… orejas de conejo.

Tan cierto como que Melvin murió, es lo que os estoy contando, allí en medio de aquel pasillo de aquel hotel de mala muerte, estaba el conejo más monstruoso que nunca hubiera podido imaginar. Isleta estaba acorralada contra un rincón y entonces intenté llamar la atención del monstruo. Cuando se dio cuenta de mi presencia, vi su horrible cara. Era la viva imagen de la máscara que yo había comprado, vuelta a la vida. Reaccioné tan rápidamente como pude y corrí hacia el otro lado del pasillo, donde había una boca de incendios, y un hacha. Rompí el cristal y me armé con ella, aunque comparada con los afilados dientes de la bestia era como tratar de pescar ballenas con anzuelo y sedal.

Retrocedí por el corredor hasta quedar acorralado contra la ventana al final del pasillo, armado con el hacha, el conejo demoníaco se acercaba cada vez más a mí. Lancé unos cuantos hachazos al aire para tratar de intimidarlo, pero lo único que hacía era alimentar su hambre de mí. Le golpeé con todas mis fuerzas con el hacha y logré clavarla… en el suelo. Lo hice tan fuerte que no pude volver a sacarla, y el conejo estaba a punto de abalanzarse sobre mí…. entonces ocurrió algo inesperado. Una vocecilla gritó detrás de la bestia y la llamó por su nombre: ¡Pk_Lugia!

La bestia se quedó inmóvil y se dio la vuelta, para encarar a ese ser que le estaba llamando por su nombre. Era nada más ni menos que Troy, ¡sus primeras palabras! Y allí estaba Isleta, a su lado, con la manguera de incendios entre sus brazos, la mirada desafiante en su rostro, el viento ondeando su pelo rojo… «Prepárate a morir, conejito» fueron sus palabras. Y abrió la llave de la manguera, que soltó un gran chorro a toda potencia sobre la cara de la bestia. El monstruo retrocedió unos pasos causados por la sorpresa del ataque y hubiera recobrado la compostura, de no haber tropezado con el hacha que se hallaba clavada en el suelo, haciendo que la gran mole conejil perdiera el equilibrio y se estrellará contra la ventana, cayendo estrepitosamente a la calle entre una lluvia de agua y cristales.

Corrí a abrazar a Isleta y a Troy, y empapados, bajamos lentamente las escaleras hasta salir a la calle. Allí, sobre la acera, había un conejito blanco muerto, y a su lado, la dichosa máscara demoníaca. Cogimos el conejo y lo enterramos en el parque. En cuanto a la máscara, yo mismo la arrojé al río atada a una piedra. Ahora lo único que deseo es una vida tranquila, pero no puedo quitarme de la cabeza la idea de leer cualquier día en las noticias que un monstruoso pez marino ataca a los autobuses en la ruta Londres-Nueva York…

 

¡Se fue para siempre!

¿Para siempre? ¡No! Esta es una historia real, basada en hechos reales, con personajes reales (o no). Por favor, si eres feliz en el popomundo en el que vives, si crees que la vida tiene un sentido, no sigas leyendo, de lo contrario, tus ojos se verán desvestidos del velo negro que los cubre, y contemplarán una nueva realidad que te encogerá el corazón como si los fríos dedos de un cardenal te lo oprimiesen…
Esta historia comienza un hermoso día de primavera… bueno… eso es lo que la mayoría quisiera… En realidad, comienza una fría y lluviosa tarde de finales de octubre, el día anterior a Halloween. Me encontraba caminando por los poblados pasillos de la Universidad de Barcelona, haciendo tiempo mientras mis alumnos se tomaban un descanso de mis clases. Entonces, dada la algarabía reinante en ellos, busqué un lugar solitario y tranquilo donde poder encenderme un pitillo sin causar molestias ni reprobadoras miradas de los otros profesores. Al final del pasillo divisé una escalera que bajaba, según indicaba el cartel, a la sala de mantenimiento, donde alguna que otra vez había visto bajar a Juan Pérez, el conserje encargado de dicha sala. Un hombrecillo encorvado por el peso de los años y el trabajo monótono, que sin embargo era feliz en su mundo repleto de maquinarias y pasillos oscuros, alejados del gentío.
Descendí las escaleras cautelosamente, echando la mirada atrás para cerciorarme de que había pasado desapercibido, y casi a tientas, llegué al piso de abajo, donde apenas podía distinguirse nada en la semioscuridad. Al fondo se veía una rendija de luz proveniente de una puerta entreabierta, y con el corazón más animado, me dirigí hacia ella. Antes de abrirla, golpeé suavemente la madera, y mencionando el nombre del conserje, esperé un segundo, pero al no recibir respuesta, la abrí.
La luz me cegó un instante hasta que pude distinguir el cuartucho que ante mí se presentaba. En uno de los rincones yacía tirado un mugriento colchón rodeado de cachivaches eléctricos, aparejos y herramientas. Un desvencijado armario, y una lavadora perpetuamente en marcha ronroneaba en la húmeda habitación y constituían los únicos muebles. No obstante, decidí pasar al interior y acomodarme en una silla que prometía ser cómoda, y que al menos estaba limpia. Más relajado, extraje mi tabaco y me lié un pitillo, con la intención de inundar la estancia de su suave aroma pralinado. Al intentar prenderlo, el mechero resbaló de mis manos y cayó al suelo. En ese momento, se abrió un agujero en el suelo y se tragó el objeto.
– ¡Se fue para siempre! – exclamé.
No podía creerlo, salté al suelo y comprobé con mis manos su duro tacto, ¡el suelo estaba intacto! Nada parecía indicar que allí hubiese alguna rendija o desagüe por donde mi mechero se hubiese colado. Un sudor frío empezó a recorrer mi frente y el runrún de la lavadora me martilleaba el cerebro cada vez más insistentemente. Miles de pensamientos recorrieron mi turbada mente, y entonces, en un alarde de valor, decidí recuperar mi objeto: aquel mechero no desaparecería para siempre. Rápidamente, me quité mi camiseta de popomundo, y la arrojé la suelo. Seguidamente salté tras ella.
Sólo pude ver durante un instante como el suelo se abría a mis pies y seguidamente, la Oscuridad. Y sí, lo digo así porque dentro de esa Oscuridad, incluso el álbum negro de Metallica resaltaría como una bandera blanca en plena batalla. No sé el tiempo que transcurrió en ese túnel de no-luz, ni sé si realmente me moví en el espacio, sólo recuerdo el fugaz momento de luz al llegar y caer de bruces al blando y algodonoso suelo.
Me erguí, a duras penas, pues el suelo no era muy estable, y contemplé con dolor la infinita luminosidad y colorido de aquel mundo, en contraste con el túnel negro del cual acababa de salir. Me vi rodeado por todas partes de telas que formaban una capa sobre el suelo y lentamente, cogí una de ellas y la alcé ante mí, era una camiseta de algodón, en cuyo centro figuraba el logotipo de popomundo. Para mi sorpresa, descubrí que el suelo estaba lleno de ellas, y de jeans, y de camisetas con diseños fastuosos o frases conmemorativas. Empezé a trepar sobre un montón de camisetas que parecía el más alto de la zona, y mientras escalaba noté un pinchazo en un dedo. Me miré la mano y descubrí que me había clavado un pin que decía: “Los dioses deben estar locos”. Seguí subiendo y por fin, con gran esfuerzo alcancé la cima. Desde allí contemplé un grandioso mar de camisetas, de colores de lo más variopinto, de las más variadas texturas, hasta donde alcanzaba la vista. Comprendí entonces adónde iban a parar cientos y cientos de objetos a través del tiempo y del espacio.
Volví al lugar donde había caído, no sin antes pertrecharme con una camiseta de Iron Maiden que encontré, y hallé también mi mechero, bajo mi antigua y sucia camiseta. Encendí mi pitillo y me tumbé sobre el montón de ropa, dispuesto a pensar la forma de volver, o… ¿quién sabe? Tal vez me quedase un tiempo por allí, a la espera de una buena comida de lujo, una caja de bombones o una botella de whisky de algún novato despistado…

Mi nombre es Iacobus

Relato «biográfico» escrito para Iacobus, uno de los huéspedes más queridos de la Posada de El Poney Pisador. Tanto si lo conocéis como si no, espero que os guste:
Mi nombre es Iacobus, o al menos así era llamado en otro tiempo, en la paz de Valinor. Era discípulo de Yavanna y gracias a ella me convertí en Maestro de Hierbas, un título ganado con esfuerzo y tesón, por aprender a usar todo tipo de hierbas que se podía encontrar en la Tierra Media, a dónde solía bajar para instruirme. Fue así, en una de estas incursiones, donde fui atrapado por la Sombra de Melkor, y llevado a Utumno, donde con malas artes mi espíritu quedó torturado y atrapado en el cuerpo de un gran lobo, y a partir de ese día, esclavizado y obligado a un sinfín de barbaridades, barbaridades que aún revivo en pesadillas.
Más el trabajo de Melkor en mí no fue completo; confundido, no reconocía como míos a mis congéneres, y un halo de rebeldía me envolvía, y en mis ojos se notaba más que en ninguna otra parte, e incluso mis hermanos licántropos, y también los orcos, me rehuían en combate, y procuraban tenerme alejado, pues en el furor de la batalla, parecía servir más a intereses del enemigo de Melkor que a él mismo. Así un buen día aproveché mi soledad tras una batalla, para correr y huir lo más lejos posible, con la esperanza de no ser encontrado. Huí y huí y atravesé la Tierra Media, hasta llegar hasta las extremas costas del este, donde ningún elfo o humano o criatura de mi antiguo Señor había puesto el pie. Allí medité y conocí la paz durante innumerables edades.. hasta que fui encontrado.
Cometí el error de pensar que había sido olvidado, pero el rastro de un licántropo es difícil de cubrir, y fui hallado, y me enfrente en mi batalla final, a un hijo de Carcharoth, enviado para someterme, o… matarme. Mi destino parecía estar sellado, él era mucho más fuerte y poderoso, y cuando sus fauces encontraron mi cuello, la Luz de Aman me trajo el recuerdo de mi vida pasada y comprendí de pronto mi engañada y torturada vida, pero ya era tarde y no podía vencer al abrazo mortal. Lo último que recuerdo aquel día, fue el sonido de un cuerno, un resplandor y… la oscuridad.
Al despertar, me encontré al cuidado de un grupo de gente de lo más dispar. Uno de ellos, de extraño aspecto, me contó una extraña historia, la Leyenda del Garou de Gaia, donde el protagonista era un lobo salido de las entrañas de la tierra, que apareció en el fragor de la Batalla de los Poderes, y poseído de una rabia nunca vista, consiguió acercarse lo suficiente a Melkor y morderle un tobillo, huyendo después, pero distrayéndo al Enemigo lo suficiente para poder ser reducido por los Valar. Melkor juró venganza eterna a ese lobo y los Valar se apiadaron de él, así que encargaron al propio Oromë su Búsqueda. Pero con la Fractura del Mundo, y la retirada de los Valar de la Tierra Media, Oromë tuvo que partir, y encomendó su misión a su discípulo Tilion, el Timonel de la Luna.
Así pasaron los años y la Luna surcaba incansable el cielo de Arda, en busca del lobo perdido. Y una noche encontró un rastro inconfundible, y memorizó el lugar, porque otros hechos lo tuvieron ocupado en otra parte, en Bree, donde años más tarde fundó un grupo de valientes llamado la Compañía del Poney. Y un día, aquella Compañía continuó la Búsqueda del Lobo, y siguiendo el rastro indicado por Tilion, descubrieron con horror que no era el Garou de Gaia que buscaban, sino un vástago de Carcharoth, y lo persiguieron, llegando en el momento preciso para salvar al verdadero Garou, que no era otro sino yo, Iacobus.
Tras escuchar esta historia, lo recordé todo y aullé con dolor a la Luna, pero fui llevado por mis nuevos compañeros a la aldea de Bree, a la Posada de Mantecona, donde conseguí hacerme un hueco entre aquellas gentes. Allí encontré por fin la verdadera paz interior, más cada noche, subo a la colina de Bree, y aún sigo aullando a la Luna, pero ésta vez, mis lágrimas no son amargas.

Misterio en la posada

Nob
Muchos de los que seguís este blog ya lo conocéis, es un relato que escribí hace muchas primaveras para El Poney Pisador, pero lo dejo aquí, para deleite de quienes no lo han leído todavía, disfrutadlo.

 

Un nuevo día comenzaba en Bree. El sol se levantaba suavemente sobre el horizonte, y en los tejados de las casas de la ciudad resplandecían con gran fulgor las gotas de rocío, causando con ello la sensación de que por la noche, el cielo estrellado había caído sobre Bree.
 
Algunos gallos empezaron a cantar a medida que la franja de luz descendía desde los tejados hasta el suelo. En algunas casas ya se empezaban a oír los ruidos mañaneros de siempre, pero en la Posada de El Poney Pisador, sonó un grito nada cotidiano, que alertó sobremanera a las casas circundantes.
 
Mantecona ya llevaba media hora levantado, realizando su aseo diario, cuando oyó el grito. Dejó sus quehaceres y salió corriendo al pasillo, se dirigió hacia el Salón Común, de donde creía haber oído el chillido. En su turbación, no vio a Nob, que venía de allí y se produjo el inevitable choque en medio del pasillo. Algunos huéspedes se asomaron sobresaltados al pasillo, y vieron con regocijo un revoltijo de piernas y brazos en medio de él. Tras ponerse en pie y mirar de soslayo a Nob, mientras se atusaba la ropa, Mantecona le preguntó:
 
– Muy bien, Nob, ¿qué jaleo es éste? ¿qué ha sido ese grito?
Nob respiró atropelladamente, y tomando aire, contestó:
– ¡Señor! ¡Hay un cadáver en el Salón Común!
 
Todos miraron a Nob desconcertados, y luego sus ojos se dirigieron a Mantecona, que avanzó hacia el Salón, haciendo a un lado a Nob. Cuando el orondo propietario de la Posada llegó al Salón, vio horrorizado que el hobbit no mentía, sobre una de las sillas, yacía, con el cuerpo caído sobre la mesa, un cuerpo, sujetando todavía una humeante pipa, con una daga clavada en la espalda.
 
Salió inmediatamente  y ordenó a Nob cerrar el Salón e impedir el acceso a él. Seguidamente se dirigió prestamente a una habitación situada en el piso más alto. Al final de la escalera, sólo existía un cuarto, al final de un largo pasillo. Allí, tras una puerta grande y pesada de madera noble, profusamente tallada, se hospedaba, o más bien habitaba, el Señor Akerbeltz. Sobre Akerbeltz muchas cosas se han hablado, pero no son más que habladurías que se han dicho y que son ciertas. De eso, ya seguiremos hablando en otro momento. Lo importante ahora es que el Maia cornamentado yacía acostado sobre su camastro, y parecía esperar la inminente llegada del posadero, y preguntó cuando éste abrió la puerta:
 
– Buenos días, amigo Cebadilla, parece que hay tumulto ahí abajo…sin duda algo grave ocurre, ya que venís en mi busca…
– En efecto, señor… debéis acudir presto al Salón Común, un hecho espantoso ha ocurrido durante la noche, me temo que una sombra se hospeda con nosotros. 
– ¿De qué se trata, Cebadilla? ¿Alguien acabó con tus reservas de cerveza?
– Eh… no, señor, es mucho peor… ¡Alguien ha sido asesinado en la Posada! ¿comprende la importancia de todo esto? ¡La Posada será clausurada! ¡Corra, venga!
 
Una vez en el Salón Común, Nob permanecía junto a la puerta impidiendo el paso, mientras Mantecona observaba cómo Akerbeltz se acercaba despacio al cadáver, que yacía sobre la mesa, con una mano agarrada a una pluma y la otra a una corta pipa de fresno. Sobre su espalda, en una posición un tanto forzada, sobresalía una hermosa daga clavada justo sobre el omoplato izquierdo. 
 
– ¡Anda! Por fin aparece la daga que todo el mundo andaba buscando ayer por la tarde… – exclamó Mantecona al examinarla más de cerca – Mandaré detener a su propietario, no hay duda de que la encontró y mató a este huésped.
– ¿Esta daga? ¿desaparecida? ¿qué historia es esa?
– Verá, mi señor…Vos conocéis los torneos de lanzamiento de dagas que aquí se hacen, que no son del todo de mi aprobación, si vos me entendéis, pues a veces temo por la integridad de los clientes, y la puntería después de varias cervezas tiende a escasear entre la concurrencia, pero es tal la cantidad de apuestas que se hacen, que es difícil prohibir estos juegos, así que para evitar problemas puse una serie de paneles para que pudiesen jugar en la parte del fondo, a fin de evitar riesgos innecesarios… 
– Lo sé, pero… ¿qué ocurrió con esta daga que yace hundida sobre este desconocido viajero?
– Verá, señor… ayer por la tarde se organizó un torneo, y todo parecía transcurrir a las mil maravillas, cuando de pronto se armó un alboroto y cuando me acerqué a ver, discutían sobre la desaparición de una daga. Según parece, el participante lanzó su turno y la daga desapareció, ahora lo veo claro todo, encontró el medio de hacer creer delante de todo el mundo que su daga había sido robada… Según la descripción que me dio, no puede ser otra que la que ahora luce sobre la espalda del muerto.
– Mmm, curioso, y… ¿puedo saber cómo se llamaba este viajero?
– Sólo sé que se llama Ward, y que procede de Rhovanion, parecía un comerciante camino del Oeste. 
– ¿Y quién fue el último que lo vio con vida? – preguntó el cornamentado.
– Cerré la puerta de la posada pocos minutos después de la medianoche, como siempre, y tan sólo quedaron dentro del Salón Común unos pocos huéspedes. Cuando me fui a la cama dejé a Nob al cargo de la barra. ¡Nob! ¡cierra la puerta y acércate!.
 
Nob echo el pestillo a la puerta y se acercó religiosamente a Mantecona y a Akerbeltz, que lo miraba pensativo.
 
– Dime, Nob… – inquirió el Maia. – ¿qué ocurrió cuando Cebadilla te dejó al cargo de esto? 
– Verá, mi señor, cuando mi jefe aquí presente marchó a su habitación, en el Salón Común sólo quedaban dos personas. El muerto, que estaba sentado junto a la chimenea, y otro huésped, de rostro cetrino, sentado justo enfrente de donde está el muerto. Les pregunté si querían alguna cosa más, ya que en breve me iba a ir a dormir; el de rostro cetrino me contestó si tenía algún juego de mesa, y el que aquí yace me contestó que le sirviera una última pinta y… – Nob tragó saliva y mirando al cadáver, añadió – … y a decir verdad, parece que fue su última pinta.
– Estás seguro de que no había nadie más en el Salón, ¿verdad?
– Muy seguro, señor, siempre miro por todo el Salón Común, para recoger jarras vacías, o bien para asegurarme que la chimenea esté al mínimo, para evitar males mayores.
– ¿Y qué ocurrió luego?
– Serví la pinta y le di al otro un juego de mesa traído de más allá de las Tierras de Rhûn, llamado ajedrez. Estuvieron jugando un rato y cuando terminaron me marché a dormir. El hombre de rostro cetrino me imitó.
– Bien, muchas gracias Nob. – contestó Akerbeltz – Nada más.
– Señor Akerbeltz, cuando usted me diga mandaré a Nob en busca de la Guardia para que vengan a apresar al dueño de la daga, se hospeda en la habitación número 23.
 
Sin hacer caso a Mantecona, el Maia se acercó a la diana que había al fondo, y la examinó de cerca. Luego miró los paneles y observó el Salón Común en silencio. Al poco, se acercó de nuevo al muerto y extrajo la daga con sumo cuidado, la sopesó y la envolvió cuidadosamente en un pañuelo.
 
– Acércame esa silla alta, Cebadilla. Y colócala encima de la mesa, cerca del cuerpo.
 
El posadero realizó la tarea y sujetó la silla, mientras Akerbeltz se subía a la mesa y luego a la silla, con la daga aún envuelta en el pañuelo. Desde abajo, Cebadilla no veía muy bien lo que hacía el Maia, le pareció que miraba el techo con profundo interés. Al poco, el Maia bajó al suelo de un salto. Y se acercó a Mantecona sonriente. 
 
– Bueno, creo que debería dejar dormir un poco más al cliente de la número 23.
– ¿Lo dice de veras? ¿Por qué?
– Porque él no mató a nadie. A no ser que las dagas tengan vida propia. Te contaré lo que ocurrió. Durante el torneo de dagas, uno de los participantes lanzó la suya, con tan mala fortuna que dio en el borde metálico de la diana, aún se puede ver la muesca si se fija con atención. La daga salió disparada por encima de los paneles, clavándose en una viga del techo. Por supuesto, nadie que estuviese dentro de los paneles, pudo ver dónde cayó la daga, nadie miró hacia el techo. El dueño pensó que se la habían robado y se formó el tumulto. Más tarde, de noche, el desgraciado que tenemos aquí, fue a sentarse justo bajo la daga clavada en la viga. Se quedó dormido encima de sus papeles, para no volver a despertar, puesto que el peso de la daga hizo que se desprendiera, horas más tarde, cayendo verticalmente de punta, como corresponde a una buena daga equilibrada para ser lanzada, clavándose en medio de la espalda del dormido y causándole la muerte casi instantánea.
– ¡Válgame el cielo! De ahora en adelante no dejaré entrar más dagas en la Posada, y diré a Nob que mire también el techo… ¡y yo pensando que teníamos a un asesino entre nosotros!
– No tan deprisa… dije que el huésped de la número 23 no había sido el asesino, a menos que las dagas tengan vida propia y puedan dirigirse a voluntad, pero quien sí tenía vida propia, y vio dónde había ido a parar la daga era el hombre de rostro cetrino, él advirtió que la daga caería en cualquier momento, y espero pacientemente, invitando al viajante a jugar una partida de ajedrez a altas horas de la noche, bajo una guillotina…
 

Puedo hacer todo eso

Puedo tocar mis canciones sin parar hasta que salga el sol del nuevo día. Puedo entrar por una misteriosa puerta secreta que me lleve hasta el didgeridoo y más allá. Puedo acabar yo sólo con una epidemia de tifus sin despeinarme las greñas. Puedo capturar koalas, canguros y zarigüeyas y tener por furgoneta el arca de Noé. Puedo lanzar una llamarada sobre el escenario que haría palidecer el maquillaje negro de Gene Simmons. 
Puedo hacer todo eso y no pasa nada.
Pero si tú no estás ahí, nena, si tu no estás conmigo en esos momentos… ¿de qué me sirve tocar mis canciones para nadie si las he compuesto para ti? ¿De qué me sirve traspasar fronteras infinitas, en busca de un mágico objeto, si la única magia que deseo está en tus ojos? ¿De qué me sirve curar a la gente si yo caigo enfermo cuando tú no estás a mi lado? ¿De qué me sirve construir un arca si tú no vas a estar en ella? Y para terminar, ¿cómo podré escupir fuego si el fuego que llevo dentro se enciende porque tú estás a mi lado, nena?
Puedo hacer todo eso contigo, y entonces si que pasa algo, pasa TODO. 

El origen de Halloween

Fuente: Minipixel

Os presento otro relato de la serie Popomundo, para un especial de Halloween:

Esta es una historia ficticia, cualquier parecido con algún personaje de Popomundo es pura coincidencia.
Es la historia de un personaje llamado Hallybert O’ween, natural de Glasgow, y que tuvo la dudosa fortuna de ser el hombre más feo del mundo. 
Hallybert, más conocido como Hall, nació, como ya hemos dicho, a una edad muy temprana, en Glasgow. Era tan feo que al nacer el médico pensó que venía de culo. Le dijo a su madre que habían hecho todo lo posible para que no saliera. De hecho, su madre no sabía si quedarse con él o con la placenta, y en vez de darle pecho, le daba la espalda. Por eso cuando había que amamantarlo, le daba la leche con una pistola de agua, a 3 metros de distancia. De todos modos, el sentimiento de culpa fue tan grande por parte de la madre, que se entregó a la policía por haberlo parido. 
A pesar de todo, Hal siempre fue un niño muy adelantado: a los tres meses aprendió a caminar, porque nadie quería cogerlo en brazos. El caso es que el niño curiosamente creció fuerte y sano, tal vez por causa de los cacahuetes que a menudo le tiraban cuando lo paseaban en su cochecito. Con 10 añitos, el niño no es que fuera feo, es que los ojos sangraban al verle, había que atarle un trozo de carne al cuello para que el perro quisiese jugar con él. Cuando salía corriendo a la calle, la gente llamaba a los bomberos porque pensaban que salía corriendo de un incendio, con la cara quemada. Aún así, Hal era muy educado: cuando la gente lo miraba, él les daba las gracias.
Con la mayoría de edad, Hal pensó seriamente en encontrar un trabajo. Pero en el zoológico no quisieron contratarle, es más, tuvo que salir huyendo para no ser encerrado. Como policía no tuvo mucho éxito, los ladrones ya notaban su presencia al ver huir a la gente. Estuvo un tiempo trabajando como bombero, pero tampoco tuvo mucha suerte: la gente apagaba sus propios incendios con tal de que no fuera él.
Su nivel de pobreza era alarmante. Vivía del único momento del año en el que Hal era algo feliz, que era durante la fiesta de difuntos. Durante ese día iba de casa en casa con un saco dispuesto a llenar de caramelos… no hace falta decir que no sólo le daban caramelos, sino bicicletas, coches, y todo tipo de objetos con tal de hacerlo desaparecer del umbral… Así lograba vender las cosas en tiendas de segunda mano y subsistir otro año más. 
Pero fue durante uno de esos días de difuntos cuando Hal encontró la fortuna y el sentido de su vida. Iba de vuelta a casa y al pasar por una tienda le ocurrió algo increíble: el dueño le ofreció la posibilidad de donar su cara a la ciencia. A la ciencia de la juguetería. Con ayuda de trabajadores ciegos, consiguió que le hicieran un molde de su cara, y con ese molde se empezaron a comercializar unas máscaras que se pusieron de moda por todo el mundo y llegaron a ser el objeto más preciado por sus habitantes, ya que cada noche de difuntos usarla les volvía muy felices. 
Hal se convirtió en millonario gracias a los derechos de imagen que le proporcionaron fantásticas cantidades de dinero. Pero eso no pudo evitar que le sobreviniese la muerte una fría noche de difuntos. Algunos dicen que murió con una sonrisa en la cara, pero no son más que leyendas, nadie pudo haberle mirado directamente y vivir para contarlo. Fue enterrado cubierto de mortadela, para que los gusanos pudieran comérselo.
Y desde entonces, en homenaje a este pobre hombre, ese objeto tan preciado por todo el mundo fue al principio conocido como la Máscara de Hal O’ween y luego derivando en el nombre que todos conocemos…

Visité la Tierra de los Muertos

Muerte

He aquí uno de los relatos de la serie que escribí para el juego Popomundo, en el cual estuve durante algún tiempo enganchado y que relata de forma dramática la manera en conseguir uno de los logros del juego:

Allí estaba yo, sentado frente a un vaso de agua, en mi apartamento de terror, en el cual había disuelto concienzudamente unos extraños polvos que había conseguido de un doctor no menos extraño, de peculiar reputación. No es mi intención achacar nada en absoluto a este… doctor, pues fabricó la poción, a orden mía, y siguiendo meticulosamente una receta que conseguí de manera harto misteriosa, sin duda, pero esa es otra historia.
Y allí estaba yo… removiendo mecánicamente la mezcla rojiza, cuando un frío intenso recorrió mi cuerpo de punta a punta, produciéndome un escalofrío tan intenso, que creí percibir un whooof en la habitación contigua. Me levanté, y me dirigí parsimoniosamente hacia ella, con la insensatez que caracteriza el miedo, y así la manilla de la puerta entre mis fríos dedos, abriéndola lentamente. La luz se derramaba arrogante por el cuarto oscuro conforme abría la puerta, desvelando secretos que la ausencia de ella escondía.
Respiré aliviado al comprobar que nadie se escondía en la penumbra, pero quise asegurarme proporcionando más luz a mi habitación, donde tantas horas había pasado componiendo canciones para olvidar. Pulsé el interruptor de la luz… pero no se encendió. Sonreí nerviosamente. «No ocurre nada, – pensé – la bombilla se habrá aflojado…».
Caminé decidido hasta el centro de la estancia, y me situé bajo la lámpara. Alcé la mano temblorosamente hasta que mis dedos rozaron la suave y cristalina curvatura de la bombilla. La tome entre ellos y empecé a darle vueltas… y más vueltas, y la bombilla seguía enroscándose cada vez más, de manera insistente, y una pizca de locura, proseguí enroscando inútilmente, mientras sentía cómo la bombilla me desafiaba desde la oscuridad. Era imposible, un juego sin fin, pero proseguí desesperado, mientras gotas de sudor colmaban ya mi frente, cuando de pronto… un destello inimaginable golpeó mis retinas con la fuerza de mil soles, inundando la habitación de un fulgor blanco inmaculado. Quise cerrar mis párpados pero descubrí que eran transparentes, me tapé los ojos con las manos pero descubrí que la luz no entraba por ellos, sino que parecía estar dentro de mi cerebro…
Caí al suelo de rodillas, agotado, con los ojos envueltos en lágrimas y entonces fue cuando distinguí unas hermosas y etéreas formas aladas, en la omnisciente claridad, que danzaban en torno a la bombilla, y descendían en círculo hasta rodearme. Pude distinguir unos bellos rostros que me miraban y sonreían, gentilmente. Entonces pude oír un cántico celestial, y una melodía como de ramas mecidas por el viento envolvía mis oídos, y me agrietaba el alma, filtrándose por cada una de sus rendijas, cual torrente de luz y sonido.
De pronto las fútiles formas se desvanecieron como volutas de humo, ante la aparición de un rostro que eclipsaba la luz. Era un rostro familiar, e indagué en lo más recóndito de mis recuerdos, hasta llegar al momento de mi nacimiento. Entonces la reconocí, aquel afable rostro que me sonreía, era el de mi madre.
 
«Erik..»
 
Su dulce llamada retumbó en mis oídos.
 
– Erik, tómate esto. Te sentará bien…
 
Abrí mis labios y un cálido brebaje que sólo la experiencia de una madre puede preparar llenó mi boca, se deslizó por mi garganta y apagó el infierno de mi estómago. Cerré los ojos y volví a abrirlos. Miré a mi madre y deslicé mi vista sobre el caldo salvador, luego más allá, alcancé a ver, en la otra habitación, una mesa. Mi mesa. Y a los pies de ella, podía ver un vaso roto en mil pedazos, analogía de mi alma, testigo silencioso y culpable de mi… viaje.
 
– Mamá… ¿qu… qué ha ocurrido?
– Nada, hijo. Visitaste otra tierra. Pero ya estás a salvo. Lo lograste…
 

El Cabrón y la Luna

Hoy, con motivo de la super luna, rescato, para la memoria de algunos, que ya lo conocían, y presento, para los nuevos, este poema que escribí para El Poney Pisador hace ya 8 años. Hay que ver cómo pasa el tiempo.

Oh! bella luz de Valinor!
Cómo iluminaste mi sendero
pues nunca mi barca la Luna
desvió su paradero.
Hasta que un día cruzó
una fría noche de Enero
las hermosas Tierras de Bree.
Aquella noche dichosa
un aroma subió hasta mí
de una cerveza espumosa
y tan oscuro su color era
que dejando atrás la Luna ociosa
tuve que bajar a beber.
Así pues, desvié mi destino
y abandoné mi deber.
Oh! bella luz de Valinor
perdona mi acontecer
por entrar al Poney Pisador.

La Dama Piadosa



Originalmente publicado en junio del año 2006 en el Foro de los Cuentos Hobbits de El Poney Pisador, me ha parecido oportuno rescatarlo del olvido, para quitar, dicho sea de paso, el polvo a este blog. Ahí va:


«Hallábase el caballero reflexivo, ofuscado en sus pensares, 
abatido por la eterna agonía del ser compungido, 
y masticando mentalmente el error cometido, 
entre doliente melancolía. 
El tormento de su menoscabo, ensombrecía su alma, 
y su mirada torva, se volvía esquiva frente a los parroquianos, que 
disimuladamente, lo observaban. 
De pronto, el desvencijado portón abrióse, 
y con él, un inesperado rayo de luz se abrió camino 
por entre las ensortijadas nubes de su mente. 
Bajo el resquicio, la inconfundible silueta de ella 
recortaba caprichosamente los haces de luna 
que resbalaban regaladamente por cada una de sus formas, 
arrancando preciosos brillos a la manera de diamantes entallados. 
El caballero púsose en pie tan sólo para caer arrodillado, 
con profunda reverencia, frente a la dama, mudo gesto, 
que ella comprendió, y el brillo de sus ojos, delator, 
atestiguaba su perdón. 
La dama adelantó su mano, cálida y tersa, 
y mesando su pelo hirsuto, se inclinó sobre él, 
y le besó la frente.
Cuando el condonado caballero, 
aliviada su alma levantó el rostro, 
de sus anegados ojos surgió un incombustible brillo. 

Y por fin el rayo de luz encontró su destino.»